El mexicano que cruzó los siete mares

 

Por: Adam Skolnick

Antonio Argüelles, de 58 años, se levantó casi al amanecer el jueves 3 de agosto esperando tener buena fortuna.

Unas semanas antes, Argüelles había llegado a Donaghadee, en Irlanda del Norte, desde Ciudad de México, para prepararse para nadar los 35 kilómetros del frío y tempestuoso canal del Norte, que se encuentra entre Irlanda del Norte y Escocia.

Ya había logrado cruzar seis de los siete arduos canales que conforman el llamado Reto de los Siete Mares, el equivalente en aguas abiertas a escalar las siete cumbres en el montañismo. Si el clima cooperaba, tendría la oportunidad de terminar el cruce y convertirse en el primer latinoamericano, la séptima persona en la historia y el nadador de mayor edad en completar el reto.

La naturaleza parecía tener otros planes. Más tarde, durante una entrevista telefónica, Argüelles dijo que esa mañana, mientras tomaba su café y observaba el horizonte, no veía más que cielos oscuros y de mal agüero; las nubes traían una lluvia veraniega sobre el mar verde grisáceo.

Para completar el cruce del canal del Norte de manera oficial, un nadador debe contratar un bote y un observador oficial, o juez, por medio de la Irish Long Distance Swimming Association.

La mañana del jueves llegó la oportunidad y, a las 7:15, con su equipo de apoyo a bordo de un bote, saltó al mar, ataviado solo con el uniforme minimalista de nadador de maratones: traje de baño, gorro y gafas para nadar.

El agua no estaba especialmente turbulenta ni tampoco más fría de lo que se esperaba, alrededor de 13 grados Celsius; no obstante, Argüelles, con la piel cubierta de óxido de cinc y vaselina, avanzaba despacio.

Para la tercera hora, con el sol brillante, encontró su ritmo: se detenía cada 30 minutos para beber agua, ingerir un poco de un gel de proteínas y tal vez comer papas cocidas.

Nadar en los siete mares, los cuales se escogieron por su familiaridad y distribución geográfica, supone todo tipo de riesgos y patrones climáticos.

Los 33 kilómetros del gélido y picado canal de la Mancha —entre Francia y el Reino Unido— y los 34 kilómetros del cruce del canal de Catalina —entre la isla Santa Catalina y el continente, en el sur de California— podrían ser los más famosos del desafío. Los vientos fuertes, las mareas irregulares, los tiburones toro y las carabelas portuguesas hacen que los 42 kilómetros del canal de Kaiwi —entre Oahu y Molokai, en Hawái—, sean particularmente complicados. Los 26 kilómetros del estrecho de Cook —entre la isla norte y la isla sur de Nueva Zelanda— también son famosos por tener tiburones. Este mismo peligro nada alrededor de los botes atuneros en Japón, a lo largo de los 19 kilómetros del estrecho de Tsugaru, mientras que los 16 kilómetros del estrecho de Gibraltar —entre España y Marruecos— es uno de los corredores oceánicos más ajetreados del mundo.

No obstante, a pesar de que no tiene tiburones, el canal del Norte es por mucho el más temido.

Desde que se comprometió a completar los siete mares hace dos años, cada fin de semana se dedicó a entrenar. Contrató a un entrenador de fuerza y uno de salud mental, estudió técnicas de activación muscular y fortaleció su cuerpo a través del gimnasio y de la cocina, con el fin de llegar a 95 kilogramos de peso después de aumentar su masa muscular y la grasa.

Argüelles no nada con traje de neopreno.

“La gente me pregunta si nado con neopreno y yo les respondo que tengo mi propio ‘biopreno’”, comentó al respecto el miércoles 2 de agosto.

Menos mal. Si te metes en aguas a 13 grados Celsius durante, digamos, 12 horas sin un traje de neopreno, no pasará mucho tiempo antes de que la sangre deje de llegar a tu cabeza y a tus extremidades para quedarse en el centro de tu cuerpo, con el fin de proteger los órganos internos. “Por eso los nadadores de aguas abiertas tienen alucinaciones”, explicó Munatones, de la Asociación Mundial de Natación de Aguas Abiertas. “Empiezan a perder claridad mental porque los vasos capilares de su cerebro comienzan a cerrarse”.

Kim Chambers, la tercera mujer y sexta persona en completar el reto de los siete mares, dijo que “te sientes un poco delirante, como cuando despiertas de la anestesia general”.

No fue el frío el que causó que Argüelles chocara contra el muro de agotamiento el jueves a las 17:00 de la tarde, después de más de 10 horas de nado.

Fueron las corrientes.

Argüelles quedó atrapado en un remolino, el cual lo detuvo en el mismo lugar durante una hora. El capitán de la embarcación se percató e informó a Argüelles que iba a tener que nadar lo más fuerte posible para poder superar el obstáculo.

Argüelles, quien enfatizó el recuerdo con una grosería, dijo: “Tuve que utilizar todo mi entrenamiento mental en ese momento”.

Logró avanzar con gran esfuerzo. Tres horas más tarde, llegó a los últimos 100 metros y al final tocó tierra con una ola espumosa poco antes de las 21:00, hora local. Exhausto, se sentó en una roca resbaladiza y alzó los brazos. Después de nadar por 13 horas, 32 minutos y 32 segundos, y de andar más de 41,36 kilómetros en total, Argüelles lo había logrado.

“Tres veces he estado así de bien preparado para un evento en mi vida: las pruebas para las Olimpiadas en 1976 y 1980, y hoy. Nunca llegué a los juegos olímpicos, pero hoy me redimí conmigo mismo”, dijo Argüelles por teléfono desde la embarcación que lo llevó de regresó a Donaghadee.

Según Munatones, las repercusiones son más grandes. Es la era dorada del nado en aguas abiertas —cada año, en todo el mundo se celebran más de 12.000 competencias en 168 países— y la hazaña de Argüelles podría inspirar a más gente a cumplir el desafío de completar los siete mares.

“Es un pionero”, señaló Munatones. “Estableció el estándar de nado en canal para el mundo de habla hispana y para las personas mayores de 50 años. Es alucinante que a su edad haya logrado uno de los retos de resistencia más arduos del mundo”.

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